Por Mario Olvera de Gasperín
Hace unos días leí el relato de Alfredo Penagos sobre los rones de nuestra región, el Peñuela, el Batey y el Potrero.
Recordé entonces mi infancia en Peñuela, yo creo que tenía 8 o 9 años en la casa de mi abuela Luz de la Fuente de madera, techo de lámina de zinc, que cuando llovía el ruido arrullaba, con su brasero, el ropero donde descubrí los juguetes que los Reyes Magos llegaban 2 días después porque eran tantos niños que no llegaban a tiempo (comprados a mitad de precio), pozo de agua, los chiqueros, el guayabo, las flores de izote, y algo parecido a un jardín en donde mi mamá cortó un tulipán, en vez de la rosa que mi abuela le pidió, llevándoselo al pecho, abrazándola, muriendo en ese instante con una sonrisa.
Esa casa en la que nací todavía existe, junto a la vía del ferrocarril, casi a la orilla del cerro de Peñuela.
Con cuya piedra se construyó el Malecón del Puerto de Veracruz.
También recuerdo a Rómulo. Un hombre muy viejito, de caminar lento, flaquito y moreno, siempre de camisa y pantalones de mezclilla con sus huaraches de llanta. Tenía un lunar negro en la cara, más negro que su piel, ya de por sí quemada.
Solía comer con mi abuela. Lo tengo pintado en la mente sentado con su vaso de Ron Peñuela.
Mi abuela Luz tenía un comedor y les vendía los alimentos a todos los trabajadores de La Calera y del ron, a los de la caseta fiscal y a los federales de caminos. En ocasiones, yo era su coime acompañándolos en la patrulla.
Por cierto, todavía recuerdo verlos llegar en motos Harley Davidson comandados por don Rosendo.
A todos ellos, mi abuela les vendía en medios vasitos el famoso ron Peñuela que Rómulo, (supe años después), se robaba de las barricas de la fábrica.
Él era mandadero y llevaba las botellas de ron a mi abuela.
Tuve la oportunidad de conocer las barricas, las oficinas y bodegas, porque cuando no llegaba por el bastimento para el contador Joel, a cambio de 20 centavos que me daba mi abuela, yo lo resolvía.
Ahí se encontraba el contador Joel. Venía de Córdoba, lo recuerdo bien peinado de copete alto, blanco de piel, muy propio, a veces venía a comer al restoran de mi abuela Luz.
Años después supe que la melaza era procesada en el ingenio San Miguelito, propiedad de Don Ricardo Céspedes Rull, así como de la fábrica de ron.
En otra ocasión contaré cómo lo conocí y por qué de vez en cuando preguntaba por mí, cuando llegaba de México.
De aquellos años recuerdo también la estación del ferrocarril, el guarda crucero frente a la casa, la carretera, por donde pasaban tan poquitos autos que hasta daba tiempo de jugar béisbol.
En la capilla del lugar fui acólito junto con mi hermano Miguel y quien ahora es mi compadre, Poly. Eran tiempos de las misas en latín.
Los sacerdotes me invitaban a ayudarlos de acólito a varios lugares, por esa razón conocí y ayudé en misa al padre Carlos García, radicado en Yanga, quien fundó la Caja Popular Yanga.
El sacristán era Gerardo Medel encargado de la báscula de cal en piedra, en polvo y grava en Pycsa.
Por cierto, él suplió en su puesto a nuestro amigo, el famosísimo Orlando «Boris» Lara.
Era muy devoto, en los meses de mayo nos formaba a muchos chamacos y niñas para ofrecerle flores a la virgen.
Ya de grande, en las navidades nos invitaba a probar el ron con coca cola y limón. ¡Muy sabrosos recuerdos de mis primeras bohemias!
Por cierto, la iglesita estaba pegada a la casa de Don Guillermo Pardo.
Junto vivió Don Pepe Galán, donde nacieron Tere y Fina. Años después Tere se convirtió en esposa de Chara Mansur, cuya pasión fue el béisbol con sus Cafeteros, a quien conocí y fui su amigo.
Don Pepe tenía huertas de naranja pegadas al cerro de Peñuela. Recuerdo que le robábamos las naranjas. No las comíamos, sólo le quitábamos la cáscara para ponerlas al sol a secar y jugar parque liga, ligazo o cocotazo.
La destilería hoy está abandonada, se ubica antes de llegar a la vía del tren, viniendo de Córdoba, a mano derecha, frente a lo que queda del cerro.
Tengo buena memoria, con recuerdos desde los 3 años, como el kínder inolvidable a donde fui, cuya directora era Socorro y la profesora Amparito, maestra de piano. Era el consentido de las dos.
También recuerdo la tienda Y Griega y el molino de nixtamal de mi nono Delfino, paso obligado a la escuela primaria Venustiano Carranza del director Filiberto Romero, donde mi tía Elisa me daba 20 centavos para una jícama con chile, dos dulces de anís y dos gorditas de frijol.
De la tienda de Melesio Zárate, el barbacoyero don Mario, la hacienda de don Ezequiel González, del peluquero Antíoco Cortés, del carnicero Luis Contreras, la casa de los Aparicio, de los Capistrán, de La Rielera del tío Lorenzo Zanatta Demuner y de muchos amigos que hoy no menciono, pero pronto lo haré.
Así como del Bimbo Torres, quien le dio los primeros tips de picheo a Salomé Barojas, cuando ambos jugamos con el equipo Pycsa (Peñuela y Contadero SA).
Pero otro día le sigo, porque esa es otra historia de mi vida, si me aceptan ustedes.
Gracias.







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