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Ciudad de México.– Durante años, Edmundo Rodríguez Yeladaqui convirtió las redes sociales en su particular tribunal: desde ahí señalaba, acusaba, descalificaba y arremetía contra funcionarios, políticos, mujeres y ciudadanos que simplemente no eran de su agrado. Parecía tener una sentencia para todos y, por supuesto, siempre desde la comodidad de un teclado.

La estrategia le habría generado una larga lista de enemigos y conflictos, hasta que terminó alejándose de Córdoba para establecerse en la Ciudad de México. Pero ni la distancia logró apagar su afición por la polémica: desde allá continuó con publicaciones y señalamientos contra personajes de la región, como si la capital del país fuera únicamente un escondite con mejor conexión a internet.

Y entre tantas historias que durante años circularon alrededor de su actividad en redes, hay una que ahora adquiere especial relevancia: varias personas han señalado que, después de ser exhibidas o atacadas públicamente, supuestamente les habría pedido cantidades importantes de dinero a cambio de detener las publicaciones.

Grave acusación, sí. Y precisamente por eso tendrá que ser la autoridad la que determine si existe sustento y responsabilidad. Porque una cosa es escribir acusaciones en Facebook y otra muy diferente demostrar un delito ante un juez.

La ironía, sin embargo, resulta difícil de ignorar.

El hombre que durante años habría disfrutado poner a los demás bajo el reflector ahora se encuentra convertido en noticia. El que señalaba desde una pantalla ahora tendrá que responder ante las autoridades. Y aquel que parecía tener respuesta para todo, tendrá que esperar a que sean las instituciones las que hablen.

Su detención en Toluca, Estado de México, ha provocado reacciones entre quienes durante años aseguran haber sido blanco de sus publicaciones. Para algunos, representa la posibilidad de que finalmente termine una época de ataques, descalificaciones y acusaciones lanzadas desde las redes sociales.

Porque Facebook podrá ser un escaparate, una tribuna o incluso un ring, pero no es un tribunal ni otorga impunidad.

La libertad de expresión es un derecho; utilizar publicaciones para difamar, amenazar, presionar o conseguir dinero, si llegara a acreditarse, es otra historia completamente distinta.

Ahora serán las autoridades quienes deberán determinar qué hay detrás de las acusaciones y cuál es la responsabilidad jurídica que corresponda.

Después de tantos años repartiendo culpas desde el teclado, quizá llegó el momento de que Edmundo Yeladaqui deje de escribir la historia de los demás y tenga que explicar la suya.

Y esta vez, ni el teclado, ni Facebook, ni el botón de “eliminar publicación” tendrán la última palabra.

La última palabra la tendrá la justicia.

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