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Un cuento: El colibrí y la flor de ayocote

Érase una vez hace miles de años, antes de que el ser humano mesoamericano inventara las ollas de cerámica, vivía una niña cuya madre se dedicaba a la recolección de frutos y su padre a la caza de animalitos para comer.

Era una familia pequeña que también se alimentaba de peces de los lagos, pero sobre todo de aquellas plantas tiernas o quelites que iban encontrando en los valles y montañas que les rodeaban.

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Una vez, la niña oyó a lo lejos un agradable sonido parecido al del grillo, pero al volver su mirada al lugar donde provenía dicho sonido, vio con asombro un hermoso y pequeño pajarito de colores brillantes que volaba aleteando su alitas con mucha fuerza y rapidez ¡pero que no se movía de su lugar¡ estaba metiendo su piquito largo y delgado en una delicada flor de color rosado.

La pequeña, que apenas medía medio metro se quedó quietecita admirando dicho pájaro y éste al darse cuenta le preguntó sin dejar de mover sus alitas
¿A ti también te gusta el néctar de las flores?

No que va, ¡si yo ni se que es eso¡

A continuación el colibrí (que era como se llamaba al pajarito)
le explicó que el néctar era una sustancia dulce que podría encontrar en todas las Flores, pero sobre todo en aquellas de color rosado, rojo, o blanco.

Ella quiso probar el néctar, pero pronto se dio cuenta que no podía porque no tenía un delicado piquito, sino que en lugar de eso, ¡tenía dientes¡ Uy que difícil sería sacarle a la flor su dulce néctar con los dientes.

Entonces mejor se pusieron a jugar y comenzaron a corretear por los valles y montañas, ella comiendo flores y él el néctar de las mismas, y así pasaron días, y días, hasta que se dieron cuenta que había pasado un año, dos, tres.

Lo más curioso es que como nunca se les acababan las flores decidieron investigar porqué y cuál no sería su sorpresa al notar que en los lugares por donde iban pasando, ya no solo había flores, sino también, pero ahora en el suelo, unas hermosas semillas de muchos colores, había moradas, violetas, lilas, negras, blancas, amarillas, rosadas, y no solo había semillas de un solo color, sino que también las había de dos y hasta tres colores, unas con motitas, o rayitas, o pintitas como si les hubiese caído una lluvia de pintura de colores.

Como ella ya estaba muy sorprendida el colibrí le dijo:

–En realidad soy uno de los encargados de enseñar al humano cómo comer mejor.

–Me han enviado desde el miktlan (cielo de las almas mesoamericanas)

Vine a dispersar esta planta con delicadas flores llamada “ayecotli” en sitios con diferente altitud y temperatura para que crezca y se desarrolle, y así el futuro ser humano de Mesoamérica ya no solo coma frutos recolectados de los árboles, sino también que aprenda a comer las semillas surgidas del fruto que dan estas flores una vez que yo distribuyo su “esencia” entre el mayor número de flores posibles, ¡creando una amplia diversidad¡

De pronto, la ahora no tan niña probó las semillas multicolores y como no le gustaron, empezó a jugar con tierra y agua de la orilla del río hasta que formó un cuenco, Lo coció en una hoguera para después cocer allí con un poco de agua los primeros frijoles ayocotes que se consumieron en las tierras altas de Mesoamérica.

Ma. Luisa Patricia Vargas Vázquez
Estudiante del Postgrado en Botánica del Colegio de Postgraduados

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