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Violencia y Feminicidio

UNIVERSIDAD CATOLICA SANTO DOMINGO
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Violencia y Feminicidio
Dr. Rafael Bello Díaz
Violencia intrafamiliar: Casi siempre la mujer se encuentra ligada a un largo proceso de violencia masculina. Incluso cuando algunas relaciones han terminado, el hombre regresa a ejercer violencia. En los casos donde no existe separación previa, la violencia en la familia deja poco espacio para la seguridad de la pareja femenina. Violencia derivada de la explotación sexual: Este tipo de violencia tiende a reforzar otros que forman parte de la vida cotidiana de las trabajadoras sexuales, particularmente la violencia contra su cuerpo, como en los casos más extremos de prostíbulos; la muerte de mujeres trabajadoras en estos espacios parecería sugerir que la violencia de la que son objeto entra en la misma sintonía simbólica que la cosificación del cuerpo como mercancía. El hecho de que en muchos de los casos de feminicidios los cadáveres se arrojen en casas abandonadas, terrenos baldíos, hoteles o simplemente en la calle y lugares públicos, así como en lugares de difícil acceso, parece sugerir la idea de que la mujer, una vez que ha sido anulada como sujeto, deviene un desecho que nada vale. El abandono resulta una especie de castigo y un mensaje inscrito sobre el cuerpo que va más allá de la muerte y no es como creen muchos criminólogos, únicamente resultado de una estrategia racional para deshacerse del cuerpo de una víctima; las condiciones que pueden producir los feminicidios en nuestro país, permiten observar la complejidad de entramados sociales que se encuentran detrás de estos hechos. En este sentido, lo que se trata de señalar es que no existe un enemigo externo a la sociedad que propicie la muerte de las mujeres, sino que son las propias condiciones y contextos sociales las que la provocan. Ciertamente, para quien desea minimizar este tipo de hechos, siempre se puede argumentar que el número de feminicidios no resulta proporcionalmente mayor a otro tipo de homicidios. Sin embargo, estos son los casos reales; el 13 de marzo pasado, los jueces del Tercer Tribunal Colegiado del Distrito Nacional condenaron a 30 años de prisión a Manuel Emilio Mejía Rodríguez, por la muerte de su ex concubina Edra Raisa Ramírez Vargas, a la cual le propinó 21 estocadas en todo su cuerpo, en un hecho ocurrido el 24 de septiembre del año 2010. Mientras que el 12 de marzo, los jueces del segundo Tribunal Colegiado de la Provincia de Santo Domingo, sentenciaron a 20 años de prisión a Víctor Robinson Ferreras, por dar muerte a su ex posa Florangel Peguero, hecho ocurrido 10 de enero del 2010. En el país del 2005 al 2011 hubo 1,353 feminicidios, es decir, uno cada 45 horas. En el mes de marzo, 19 mujeres perdieron la vida en República Dominicana por el simple hecho de ser mujer, y la edad promedio de las víctimas era 26 años de edad, y de los victimarios, 29. Once de los feminicidios fueron íntimos (pareja o ex pareja) y 8 no íntimos. Al parecer se necesitan nuevas políticas públicas para esta violenta epidemia del feminicidio.

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En la actualidad, se observa una transformación del ejercicio de la sexualidad femenina derivada del incremento de la capacidad de decisión de las mujeres sobre su vida, y en particular sobre su cuerpo. Es posible dar cuenta de un desplazamiento de la centralidad del hombre como referente de estabilidad económica y emocional, que desemboca en una crisis de los esquemas patriarcales de género; por lo tanto en las mujeres de nuestro país, se consolida cada vez más una visión de lo femenino centrada en la construcción de su subjetividad a través de la dupla sexo-sexualidad.

Touraine entiende por sexualidad femenina: la construcción de una relación de la mujer sobre sí misma como ser de deseo, ser de relaciones y conciencia de sí; como motor de integración de yo y el mundo; en consecuencia, la sexualidad ocupa un lugar central en la formación del sujeto, pues reenvía a una experiencia individual que alimenta su personalidad y es además una experiencia vivida con otra persona, pues si bien es cierto que las prácticas sexuales están reguladas social y culturalmente, nuestra sexualidad no se reduce a éstos. Por eso, es importante prestar más atención a la construcción de los sujetos no desde el género como categoría fija, sino desde los trabajos que ejercen sobre sí mismos.

La posibilidad de establecer una separación del ejercicio de la sexualidad con respecto a los fines meramente reproductivos y la maternidad hace viable que las mujeres construyan una definición de sí mismas distinta a la establecida en otras épocas. Éstos han realizado su vida a partir de la separación de roles (padre, marido, amante, empleado, trabajador).Por lo tanto, la decisión que toma cada mujer sobre sus prioridades (el cuidado de los hijos, la pareja y el trabajo) se ejerce cada vez menos apelando a un deber ser femenino basado en un principio moral superior, y más bien se sustenta en la búsqueda del significado de cada decisión en el plano de las actuales reconfiguraciones sociales. De esta forma, la mujer vive un proceso de reflexividad inscrito en una amplia mutación cultural que afecta al conjunto social.

La capacidad de las mujeres para ser sujetos se ha consolidado en los últimos años gracias a la creciente capacidad de independizar su sexualidad de la reproducción y la maternidad. Ahora bien, este cambio no significa que las cosas sean fáciles, que se viva un proceso exento de tensiones y conflictos; las resistencias se observan en las propias mujeres y, claro, en los hombres; en ambos existe una reticencia a aceptar que las mujeres incursionen en ámbitos considerados previamente como masculinos, por lo que también se han utilizado particularmente por los hombres, mecanismos más violentos de resistencia para reforzar el control, la disciplina y la autoridad sobre la mujer. El incremento de la violencia hacia las mujeres en diferentes espacios (el trabajo, la familia, la calle) se entiende en este contexto en el cual los hombres, acostumbrados a una perspectiva basada en roles androcéntricos, buscan reestablecer el viejo orden.

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Desde esta perspectiva, la violencia y el feminicidio son el resultado de una masculinidad trastocada por la constante consolidación del trabajo de las mujeres sobre sí mismas, el cual les permite convertirse en sujetos. Esto se observa claramente en el caso paradigmático de lo que hoy se llama feminicidio: el asesinato de mujeres en la República Dominicana puede responde a un cambio sustancial en las formas de construcción como sujetos de las mujeres, situado en un escenario de crisis social generalizada que propicia en casi todas partes un machismo ultrajado. Esto lleva a teorizar que el asunto del incremento de los homicidios dolosos a mujeres o feminicidios es una enfermedad social y no sólo criminalística: la muerte de las mujeres representaría la negación de su subjetividad con el sentido de afirmar una subjetividad deteriorada. Podemos citar casos: en el mes de enero se registraron 14 feminicidios, en febrero 10 y en marzo 19, y en total suman 43 feminicidios en los primeros tres meses del 2012. Santo Domingo registró 7 feminicidios, Santiago 4, Puerto Plata 2, y 6 más en el resto de las provincias. El arma homicida más usada fue la blanca (11 casos), seguida del arma de fuego (4 casos).

Violencia y Feminicidio: Tipología de la Violencia
Dr. Rafael Bello Díaz

La violencia asesina es una forma en que el victimario niega la subjetividad del Otro (su víctima), cosificándola para reafirmar la suya propia. De alguna forma, en el caso de los feminicidios, esto muestra que en la acción donde un hombre mata a una mujer se niega algo de ella y se afirma algo de él; en consecuencia conviene entonces analizar qué se está negando y qué se está afirmando en cada feminicidio, sobre todo al hacer del cuerpo de la mujer un objeto de ira y rencor. A través de análisis cualitativo se podrían establecer una tipología de asesinatos de mujeres en función de este proceso de negación- afirmación-cosificación. El primer tipo de violencia, que se podría llamar de posesión, tiene como fin manipular e infligir dolor al cuerpo femenino, antes de provocar la muerte; por tanto aquí, el objetivo no es la violación sexual.

El segundo tipo refiere a la violencia de carácter pasional, la cual se ejerce para anular la subjetividad sentimental que el victimario reconoce en la víctima. En muchos de los casos destruye la independencia y la capacidad de decisión de las mujeres sobre el destino de un vínculo amoroso. El tercer tipo de violencia es la intrafamiliar. En este caso, la víctima es asesinada después de un largo proceso de abusos por parte de su pareja sentimental. Un cuarto tipo de violencia deriva de la explotación sexual, de las condiciones de opresión y comercio de las trabajadoras sexuales. Finalmente, un quinto tipo es la violencia homicida derivada de actividades como el robo o el secuestro; cabe destacar que esta tipología no implica que los tipos de violencia señalados no puedan cruzarse. Violencia posesiva: En el primero de estos grupos quedarían los homicidios cometidos de forma individual por bandas, pandillas o grupos de pares, contra mujeres a quienes conocen de manera formal o que viven en los barrios donde se reúnen. Por lo general, su actuación está orientada a manipular el cuerpo de las víctimas a través de la tortura.

Violencia pasional: En este tipo de violencia homicida, el victimario reconoce en su víctima a una persona que ha decidido una vida propia, independiente y autónoma a la de él; dicha situación lleva al perpetrador a suprimir la vida de su pareja. Éste es el tipo de violencia donde más claramente se niega la subjetividad de la mujer y se afirma la del propio victimario. Cuando se está frente a esta forma de violencia, los niveles de tortura disminuyen, aunque no desparecen. En este caso, se hacen más patentes las intenciones de eliminar la vida como una forma de anular no sólo la subjetividad de la mujer sino su propio cuerpo, lo cual se observa en varios casos. En otras ocasiones, lo que lleva a una mujer a la muerte no es negarse a establecer una relación, sino terminarla. En este tipo de casos se observa también que un hombre que se siente abandonado por una mujer, quien ha decidido construir una vida independiente y autónoma, llega a lastimar al entorno familiar, en particular a los hijos de la pareja. Esto se observa en los casos, cuando un hombre, al decirle su pareja que quería hacer su vida sin él, opta por asesinar a sus propios hijos.

Violencia intrafamiliar: Casi siempre la mujer se encuentra ligada a un largo proceso de violencia masculina. Incluso cuando algunas relaciones han terminado, el hombre regresa a ejercer violencia. En los casos donde no existe separación previa, la violencia en la familia deja poco espacio para la seguridad de la pareja femenina. Violencia derivada de la explotación sexual: Este tipo de violencia tiende a reforzar otros que forman parte de la vida cotidiana de las trabajadoras sexuales, particularmente la violencia contra su cuerpo, como en los casos más extremos de prostíbulos; la muerte de mujeres trabajadoras en estos espacios parecería sugerir que la violencia de la que son objeto entra en la misma sintonía simbólica que la cosificación del cuerpo como mercancía. El hecho de que en muchos de los casos de feminicidios los cadáveres se arrojen en casas abandonadas, terrenos baldíos, hoteles o simplemente en la calle y lugares públicos, así como en lugares de difícil acceso, parece sugerir la idea de que la mujer, una vez que ha sido anulada como sujeto, deviene un desecho que nada vale. El abandono resulta una especie de castigo y un mensaje inscrito sobre el cuerpo que va más allá de la muerte y no es como creen muchos criminólogos, únicamente resultado de una estrategia racional para deshacerse del cuerpo de una víctima; las condiciones que pueden producir los feminicidios en nuestro país, permiten observar la complejidad de entramados sociales que se encuentran detrás de estos hechos. En este sentido, lo que se trata de señalar es que no existe un enemigo externo a la sociedad que propicie la muerte de las mujeres, sino que son las propias condiciones y contextos sociales las que la provocan. Ciertamente, para quien desea minimizar este tipo de hechos, siempre se puede argumentar que el número de feminicidios no resulta proporcionalmente mayor a otro tipo de homicidios. Sin embargo, estos son los casos reales; el 13 de marzo pasado, los jueces del Tercer Tribunal Colegiado del Distrito Nacional condenaron a 30 años de prisión a Manuel Emilio Mejía Rodríguez, por la muerte de su ex concubina Edra Raisa Ramírez Vargas, a la cual le propinó 21 estocadas en todo su cuerpo, en un hecho ocurrido el 24 de septiembre del año 2010. Mientras que el 12 de marzo, los jueces del segundo Tribunal Colegiado de la Provincia de Santo Domingo, sentenciaron a 20 años de prisión a Víctor Robinson Ferreras, por dar muerte a su ex posa Florangel Peguero, hecho ocurrido 10 de enero del 2010. En el país del 2005 al 2011 hubo 1,353 feminicidios, es decir, uno cada 45 horas. En el mes de marzo, 19 mujeres perdieron la vida en República Dominicana por el simple hecho de ser mujer, y la edad promedio de las víctimas era 26 años de edad, y de los victimarios, 29. Once de los feminicidios fueron íntimos (pareja o ex pareja) y 8 no íntimos. Al parecer se necesitan nuevas políticas públicas para esta violenta epidemia del feminicidio.

*Ex viceministro de Educación Superior, Ciencia y Tecnología
Dr. en Medicina y Ciencias de la Educación

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